Philip K. Dick
El soldado ruso
subía nervioso la ladera, con el fusil preparado. Miró a su alrededor, se lamió
los secos labios. De vez en cuando se llevaba una enguantada mano al cuello y
se enjugaba el sudor y se abría el cuello de la guerrera.
Eric se volvió
al cabo Leone.
- ¿Lo quieres
tú? ¿O lo mato yo? - ajustó el punto de mira de modo que la cara del ruso
quedase encuadrada en la lente cortada por las líneas del blanco.
Leone lo pensó.
El ruso estaba cerca, se movía con rapidez, casi corriendo.
- No dispares.
Espera. No creo que sea necesario.
El ruso
incremento su velocidad, pateando cenizas y montones de escombros a su paso.
Llegó a la cima de la ladera y se detuvo, jadeando, y miró a su alrededor.
Había un cielo plomizo de móviles nubes de partículas grises. Brotaban de tanto
en tanto troncos de árboles; el suelo pelado y desnudo, lleno de desperdicios y
de ruinas de edificios surgiendo de cuando en cuando como amarilleantes
cráneos.
El ruso estaba
inquieto. Sabía que algo iba mal. Miró colina abajo. Estaba ya a sólo unos
pasos del bunker. Eric estaba poniéndose nervioso. Jugaba con su pistola,
mirando a Leone.
- No te
preocupes - dijo Leone. No llegará aquí. Ellos se encargarán de él.
- ¿Estás
seguro? Ha llegado muy lejos.
- Ellos andan
alrededor del bunker. Está entrando por mal sitio. ¡Prepárate!
El ruso comenzó
a correr colina abajo, hundiendo sus botas en los montones de ceniza gris e
intentando mantener el fusil en alto. Se detuvo un momento, y se puso las gafas
de campo.
- Está mirando
directamente hacia nosotros - dijo Eric.
El ruso siguió
avanzando. Podían ver sus ojos, como dos piedras azules. Llevaba la boca un
poco abierta. Necesitaba un afeitado; en una de sus huesudas mejillas llevaba
un esparadrapo, con una mancha azul en los bordes. Un punto fungoidal. Tenía la
guerrera sucia y rota. Le faltaba un guante.
Leone tocó el
brazo de Eric:
- Aquí llega.
Algo pequeño y
metálico, cruzó el suelo relampagueando bajo la parda luz del mediodía. Una
esfera metálica. Subió colina arriba hacia el ruso, dejando una estela. Era
pequeña, una de las pequeñas. Llegaba los garfios fuera, dos cuchillas que se
proyectaban de su masa y giraban en un torbellino de acero blanco. El ruso la
oyó. Se volvió instantáneamente e hizo fuego. La esfera se disolvió en
partículas. Pero ya una segunda había surgido y seguía a la primera. El ruso
volvió a disparar.
Una tercera
esfera saltó sobre una pierna del ruso, girando y batiendo. Subió hasta el
hombro. Las girantes cuchillas desaparecieron en el cuello del ruso.
Eric se
tranquilizó.
- Bueno, se
acabó. Dios mío, esas malditas cosas me ponen los pelos de punta. A veces
pienso que estábamos mejor antes.
- Si no las
hubiésemos inventado, lo habrían hecho ellos - dijo Leone, encendiendo
tembloroso un cigarrillo. Me pregunto por qué vendría hasta aquí ese ruso solo.
No veo a nadie que le cubra.
El teniente
Scott entraba por el túnel del bunker.
- ¿Qué pasó?
Algo entró en la pantalla.
- Un Ivan.
- ¿Uno sólo?
Eric hizo girar
la pantalla de visión. Scott miró por ella. Había ahora numerosas esferas de
metal rasgando el cuerpo inerte, hoscos globos de metal que giraban y batían
serrando al ruso en pequeños trozos que se llevaban.
- Qué puñado de
garras - murmuró Scott.
- Vienen como
moscas. No tienen mucha caza últimamente.
Scott desvió la
pantalla con repugnancia.
- Como moscas.
Me pregunto por qué llegaría ese ruso hasta aquí. Saben que tenemos garras por
todas partes.
Un gran robot
se había unido a las esferas más pequeñas. Estaba dirigiendo las operaciones, y
era un largo tubo con proyecciones oculares. No quedaba mucho del soldado. Lo
que quedaba iban llevándoselo ladera abajo las garras.
- Señor - dijo
Leone -. Si no tiene inconveniente me gustaría salir y echarle una ojeada.
- ¿Por qué?
- Puede que
trajera algo.
Scott lo
consideró. Se encogió de hombros.
Está bien. Pero
cuidado.
- Tengo mi tab
- Leone indicó la banda de metal que llevaba a la cintura -. No tendré
problemas.
Cogió su fusil
y subió cuidadosamente hasta la boca del bunker, abriéndose camino entre
bloques de hormigón y tensores de acero, retorcidos y doblados. El aire era
frío arriba. Cruzó hacia los restos del soldado, caminando sobre la suave
ceniza. Sopló una ráfaga y alzó su rostro un remolino de grises partículas.
Cerró los ojos y siguió.
Las garras
retrocedieron al acercarse él, reduciéndose algunas a la inmovilidad. Tocó su
tab. ¡Cuánto habría dado por él el Ivan! Las radiaciones cortas que emitía el
tab neutralizaban las garras, y hasta el gran robot retrocedió respetuoso al
aproximarse. Se inclinó sobre los restos del soldado. La mano enguantada estaba
cerrada con fuerza. Tenía algo dentro. Leone separó los dedos. Un recipiente
sellado, de aluminio. Aun brillante.
Se lo metió en
la bolsa y volvió al bunker. Tras él las garras volvieron a la vida. Se
reinició la procesión, esferas metálicas cruzando la gris ceniza con sus
cargamentos. Podía oír el rumor de su roce en el suelo. Se estremeció.
Scott se
interesó mucho por el tubo.
- ¿Tenía esto?
- En la mano -
Leone desenroscó la tapa -. Quizá debiera echarle un vistazo, señor
Scott lo tomó.
Vació el contenido en la palma de la mano. Un pedacito de papel de seda
cuidadosamente doblado. Se sentó junto a la luz y lo desdobló.
- ¿Qué dice,
señor? - Preguntó Eric mientras subían por el túnel varios oficiales. Apareció
el mayor Hendricks.
- Mayor - dijo
Scott -. Mire esto.
Hendricks leyó
el papel.
- ¿Vino sólo
esto?
- Venía un solo
hombre. Ahora mismo.
- ¿Dónde está?
- Preguntó con voz viva Hendricks.
- Las garras le
cogieron.
El mayor
Hendricks lanzó un gruñido.
- Mira - se lo
pasó a su compañero -. Creo que esto era lo que estábamos esperando. Desde
luego se tomaron su tiempo.
- Así que
quieren condiciones de paz - dijo Scott -. ¿Vamos a aceptarlo?
- Eso no hemos
de decidirlo nosotros. - Hendricks se sentó. ¿Dónde está el oficial de
comunicaciones? Quiero que me ponga con la base lunar.
Leone meditó
mientras el oficial de comunicaciones alzaba cauteloso la antena exterior,
escrutando el cielo sobre el bunker para ver si había rastros de una nave rusa
de observación.
- Señor - dijo
Scott a Hendricks -. Es bastante extraño que aparezcan de pronto. Llevamos
utilizando las garras casi un año. Ahora de repente empiezan a ceder.
- Quizá las
garras hayan conseguido entrar en sus búnkers.
- Una de las
garras, de las que clavan, entró en un bunker ruso la semana pasada - dijo Eric
-. Liquidó a todo un pelotón antes de que consiguieran echarla.
- ¿Cómo lo
sabes?
- Me lo dijo un
tipo. La garra volvió con... con restos.
- Base lunar,
señor - dijo el oficial de comunicación.
Apareció en la
pantalla la cara del monitor lunar. Su pulcro uniforme contrastaba con los
uniformes del bunker. Y estaba perfectamente afeitado.
- Base lunar.
- Aquí es el
comando L-Whistle. En tierra. Quiero hablar con el general Thompson.
Desapareció el
monitor. Aparecieron en la pantalla los toscos rasgos del general Thompson.
- ¿Qué pasa,
mayor?
- Nuestras
garras cogieron a un soldado ruso con un mensaje. No sabemos qué hacer... ha
habido trampas como esta en el pasado.
- ¿Qué dice el
mensaje?
- Los rusos
quieren que enviemos a un solo oficial a nivel político. Para una conferencia.
No especifican el carácter de la conferencia. Dicen que cuestiones de... -
consultó el papel -... cuestiones de grave urgencia hacen aconsejable que se
inicien conversaciones entre un representante de las fuerzas de las Naciones
Unidas y ellos.
Alzó el mensaje
ante la pantalla para que el general lo examinara.
- ¿Qué debemos
hacer? - Preguntó Hendricks.
- Manden un
hombre fuera.
- ¿No cree que
sea una trampa?
- Podría serlo.
Pero el emplazamiento que nos dan de su comando es correcto. De cualquier modo
merece la pena probar.
- Enviaré a un
oficial. Y le tendré informado a usted en cuanto regrese.
- De acuerdo,
mayor. - Thompson interrumpió el contacto. Se apagó la pantalla. La antena
exterior volvió a ocultarse.
Hendricks
enrolló el papel, muy pensativo.
- Iré yo - dijo
Leone.
- Quieren a
alguien a nivel político. - Hendricks se rascó la barbilla -. Nivel político.
Llevo meses sin salir. Puede que me haga bien un poco de aire.
- ¿No cree que
es un poco arriesgado?
Hendricks alzó
la pantalla visual y miró por ella. Habían desaparecido los restos del ruso. No
se veía más que una garra. Estaba plegada y se hundía en la ceniza como un
cangrejo. Como un horrible cangrejo de metal...
- Eso es lo
único que me inquieta - dijo Hendricks -. Sé que estoy seguro mientras tenga
esto conmigo. Pero de todos modos me ponen los pelos de punta. Las odio. Me
gustaría que no las hubiésemos inventado nunca. Hay en ellas algo maligno.
- Si no las
hubiésemos inventado nosotros, los ivanes lo habrían hecho.
Hendricks
apartó la pantalla.
- De cualquier
modo, parecen estar ganando la guerra esas malditas. Supongo que esto es bueno.
- Lo dice como
si estuviese del mismo lado que los ivanes.
Hendricks miró
su reloj de pulsera.
- Creo que es
mejor que me dé prisa si es que quiero volver antes de que anochezca.
Respiró
profundamente y luego salió a aquel suelo sucio y gris. Tras un minuto,
encendió un cigarrillo y miró a su alrededor. Era un paisaje muerto. Nada se
movía. Podía ver kilómetros y kilómetros, una interminable extensión de cenizas
y escombros, y ruinas de edificios. Unos cuantos árboles sin hojas ni ramas,
con sólo los troncos. Sobre él rodaban las eternas nubes grises, que separaban
la tierra del sol.
El mayor
Hendricks siguió caminando. Distinguió algo a la derecha, algo redondo y
metálico. Una garra que perseguía algo. Probablemente algún animal pequeño, una
rata. También atacaban a las ratas. Como una especie de extra.
Llegó a la cima
del montículo y miró por los prismáticos. Las líneas rusas estaban a unos
cuantos kilómetros frente a él. Y había un puesto de mando adelantado en ellas.
De allí procedía el soldado que había traído el mensaje.
Pasó junto a él
un cuadrado robot de brazos ondulantes, moviendo sus brazos, inquisitivo. El
robot siguió su camino, desapareciendo bajo unos escombros. Hendricks lo
contempló. Nunca había visto robots como aquél. Cada vez aparecían nuevos
tipos, nuevas variedades y tamaños de robots de las fábricas subterráneas.
Hendricks tiró
su cigarrillo y se apresuró. Era interesante la utilización de formas
artificiales en la guerra. ¿Cómo había empezado? Por pura necesidad. La Unión
Soviética había obtenido un gran éxito inicial, como suelen obtenerlo los que inician
la guerra. La mayor parte de Norteamérica quedó borrada del mapa. Pronto hubo
una respuesta, desde luego. El cielo se llenó de disco-bombarderos mucho antes
de que empezase la guerra. Llevaban allí años. Los discos comenzaron a caer por
toda Rusia a las pocas horas del bombardeo de Washington.
Pero esto poco
ayudó a Washington.
Los gobiernos
del bloque americano se trasladaron a la base lunar el primer año. Era
inevitable. Europa había desaparecido; era un montón de escombros con oscuros
matorrales que brotaban de cenizas y huesos. La mayor parte de Norteamérica era
inhabitable, no podía plantarse nada, nada podía vivir. Unos cuantos millones
fueron hacia Canadá y hacia Sudamérica. Pero durante el segundo año empezaron a
caer paracaidistas soviéticos, pocos al principio, y luego más y más. Llevaban
el primer equipo antirradiación realmente eficaz; lo que quedaba de la
producción norteamericana se trasladó a la luna junto con los gobiernos.
Todo salvo la
tropa. La tropa que quedaba permanecía allí sobreviviendo a duras penas, y muy
esparcida. Nadie sabía exactamente dónde se encontraba; se asentaban donde
podían, vagando durante la noche, ocultándose en ruinas, en alcantarillas, en
sótanos, con ratas y serpientes. Parecía que la Unión Soviética tenía casi
ganada la guerra. Salvo un puñado de proyectiles que se disparaban desde la
luna diariamente, apenas si se utilizaban armas contra ellos. Iban y venían a
su antojo. A efectos prácticos la guerra había terminado. Nada eficaz se les
oponía.
Y entonces aparecieron
las primeras garras. Y la suerte de la guerra cambió en quince días.
Las garras eran
torpes al principio. Lentas. Los ivanes las liquidaban casi en cuanto entraban
en sus túneles subterráneos. Pero luego fueron haciéndolo mejor, más deprisa y
con mayor astucia. Las fábricas de toda la tierra las fabricaban. Fábricas en
su mayoría subterráneas, detrás de las líneas soviéticas. Fábricas que habían
hecho antes proyectiles atómicos, ya casi olvidados.
Las garras se
hicieron más rápidas y se hicieron mayores. Aparecieron nuevos tipos, unas con
sensores, otras que volaban. Había unos cuantos tipos de garras saltadoras. Los
mejores técnicos de la luna trabajaban en ello haciéndolas cada vez más
complicadas y flexibles. Los rusos empezaron a tener graves problemas con
ellas. Algunas de las garras pequeñas aprendían a ocultarse, enterrándose entre
la ceniza y esperar.
Y luego
empezaron a entrar en los búnkers rusos, deslizándose dentro cuando levantaban
las compuertas para la entrada de aire o para echar un vistazo afuera.
Una garra
dentro de un bunker, una esfera giratoria de metal y cuchillas, era suficiente.
Y cuando entraba una la seguían otras. Con un arma como aquella, la guerra no
podía prolongarse mucho.
Quizá hubiese
terminado ya.
Quizá fuese a
oír aquella noticia. Quizás el Politburó hubiese decidido tirar la toalla.
Lástima que hubiesen tardado tanto. Seis años. Mucho tiempo para una guerra
como aquella, tal como la habían desarrollado. Los discos de represalia
automática, cayendo por toda Rusia a centenares de miles. Cristales
bacteriológicos. Los proyectiles dirigidos soviéticos, silbando en el aire. Las
bombas en cadena. Y ahora esto, los robots, las garras...
Las garras no
eran como las otras armas. Prácticamente estaban vivas, quisiese o no admitirlo
el gobierno. No eran máquinas. Eran cosas vivas que giraban y reptaban y se
alzaban bruscamente de la ceniza gris y se lanzaban hacia un hombre y escalaban
por él buscando su cuello. Para eso estaban diseñadas. Era su trabajo.
Hacían bien su
trabajo. Sobre todo últimamente, los nuevos diseños. Se reparaban a sí mismas.
Eran completamente autónomas. Los tabs de radiación protegían a las tropas de
la ONU, pero si un hombre perdía su tab las garras lo cazaban sin que les
importase el uniforme. Bajo la superficie, la maquinaria automática iba
fabricándolas. Hacía tiempo que los seres humanos estaban al margen. El riesgo
era excesivo; nadie quería estar con ellas. Se las dejó abandonadas. Y parecían
arreglárselas muy bien. Los nuevos diseños eran más rápidos, más complejos. Más
eficaces.
Al parecer
habían ganado la guerra.
El mayor
Hendricks encendió un segundo cigarrillo. Le deprimía el paisaje. Sólo ruinas y
ceniza. Parecía estar solo en el mundo, como si fuese la única cosa viva que
quedase sobre la tierra. A la derecha se alzaban las ruinas de un pueblo, unas
cuantas paredes y montones de escombros. Tiró la cerilla apagada, avanzó más
deprisa. De pronto se detuvo, alzó su fusil, el cuerpo tenso... Durante un
minuto pareció como si...
De entre las
ruinas de un edificio se acercaba alguien, caminando lentamente hacia él,
titubeando.
Hendricks
parpadeó.
- ¡Alto!
El muchacho se
detuvo. Hendricks bajó el fusil. El muchacho le miraba en silencio. Era
pequeño, ocho años quizá. Pero resultaba difícil lo de los años. La mayoría de
los chicos que quedaban estaban subalimentados y raquíticos. Llevaba un
descolorido suéter azul, cubierto de barro, y pantalones cortos. Tenía el pelo
largo y sucio. Pelo castaño. Le colgaba sobre la cara y sobre las orejas.
Llevaba algo en brazos.
- ¿Qué tienes
ahí? - preguntó ásperamente Hendricks.
El muchacho lo
alzó. Era un juguete, un oso. Un oso de felpa. El muchacho tenía unos ojos
grandes pero inexpresivos.
Hendricks se
tranquilizó.
- Yo no lo
quiero. Consérvalo.
El muchacho
volvió a abrazar el oso.
- ¿Dónde vives?
- dijo Hendricks.
- Allí.
- ¿En las
ruinas? -
- Sí.
- ¿Bajo tierra?
- Sí.
- ¿Cuántos hay
allí?
- ¿Cuan...
cuántos?
- Sí, cuántos
sois. ¿Cuántas personas mayores hay donde vives?
El muchacho no
contestó.
- No estarás
solo, ¿verdad? - dijo Hendricks, ceñudo.
El muchacho
asintió.
- ¿Y cómo
vives?
- Hay comida.
- ¿Qué clase de
comida?
- Diferente.
Hendricks
estudió con curiosidad al muchacho.
- ¿Cuántos años
tienes?
- Trece.
No era posible.
¿O lo era? El muchacho estaba delgado, raquítico. Y probablemente fuese
estéril. La radiación, años recibiéndola directamente. Era lógico que fuese tan
pequeño. Tenía los brazos y las piernas nudosos y flacos como palos de escoba.
Hendricks acarició el brazo del muchacho. Tenía la piel seca y áspera: piel de
radiación. Se inclinó y miró el rostro del muchacho. Inexpresivo. Grandes ojos,
grandes y oscuros.
- ¿Eres ciego?
- dijo Hendricks.
- No. Veo algo.
- ¿Cómo te las
arreglas con las garras?
- ¿Las garras?.
- Esas cosas
redondas que corren...
- No comprendo.
Quizá no
hubiese garras por allí. Había muchas zonas libres de ellas. Solían agruparse
alrededor de los búnkers, donde había gente. Habían sido ideadas de modo que
percibiesen el calor, el calor de las cosas vivas.
- Tienes suerte
- Hendricks se irguió. ¿Bueno, adónde vas?
- ¿Puedo ir
contigo?
- ¿Conmigo? -
Hendricks cruzó los brazos -. Voy muy lejos. Kilómetros. Tengo prisa. - Miré su
reloj -. Tengo que llegar allí al anochecer.
- Quiero ir.
Hendricks hurgó
en su mochila.
- No merece la
pena. Toma - le dio las latas de comida que llevaba -. Coge esto y vete. ¿De
acuerdo?
El muchacho no
contestaba.
- Yo volveré
por aquí. Tardaré un día. Si estás por aquí cuando vuelva podrás venir conmigo.
¿De acuerdo?
- Quiero ir
contigo ahora.
- Es mucho camino.
- Puedo
caminar.
Hendricks se
agitó inquieto. Era un blanco demasiado bueno, dos personas caminando juntas. Y
el muchacho le retrasaría. Pero no podría volver por aquel camino. Y si el
muchacho estaba realmente solo...
- Está bien.
Vamos.
El muchacho se
colocó a su lado. Hendricks empezó a caminar. El muchacho andaba
silenciosamente, abrazando su oso de felpa.
- ¿Cómo te
llamas? - dijo Hendricks, al cabo de un rato.
- David Eduardo
Derring.
- ¿David?
¿Qué... qué les pasó a tus padres?
- Murieron.
- ¿Cómo?
- En la
desintegración.
- ¿Hace cuánto?
- Seis años.
Hendricks se
detuvo.
- ¿Llevas solo
seis años?
- No. Habían
otras personas conmigo. Pero se fueron.
- ¿Y desde
entonces vives solo?
- Sí.
Hendricks bajó
los ojos. El muchacho era extraño, por decir poco. Remoto. Pero así eran los
niños que habían sobrevivido. Tranquilos. Estoicos. Les dominaba una extraña
fatalidad. Nada les sorprendía. Lo aceptaban todo. No había ya nada normal,
ningún curso natural de las cosas, moral o físico; habían desaparecido la
costumbre, el hábito, y todas las fuerzas determinantes del aprendizaje; sólo
quedaba la experiencia directa.
- ¿Voy muy
deprisa? - dijo Hendricks.
- No.
- ¿Cuándo me
viste?
- Estaba
esperando.
- ¿Esperando? -
dijo Hendricks sorprendido. ¿Y qué esperabas?
- Coger cosas.
- ¿Qué cosas?
- Cosas para
comer.
- Oh -
Hendricks frunció los labios. Un muchacho de trece años que vivía de ratas y de
sabandijas y de comida enlatada medio podrida. En un agujero bajo las ruinas de
una ciudad. Con estanques de radiación y garras, y las minas perforadoras rusas
acechando en el cielo.
- ¿Adónde
vamos? - preguntó David.
- A las líneas
rusas.
- ¿Rusas?
- El enemigo.
Los que empezaron la guerra. Los que tiraron las primeras bombas radioactivas.
Ellos empezaron.
El muchacho cabeceó.
Le miraba con rostro inexpresivo.
- Yo soy
americano - dijo Hendricks.
El muchacho no
dijo nada. Siguieron los dos, Hendricks caminando delante, David tras él,
apretando contra el pecho el sucio oso de felpa.
Sobre las
cuatro de la tarde pararon a comer. Hendricks hizo una hoguera en un agujero
entre fragmentos de hormigón. Arrancó los matorrales y preparó leña. Las líneas
rusas no estaban muy lejos. Se encontraban en lo que había sido un largo valle,
hectáreas de frutales y viñedos. Ahora sólo quedaban unos cuantos tocones
ennegrecidos y las montañas que se extendían en el horizonte al fondo. Y las
nubes de rodante ceniza que arrastraba el viento, asentándose sobre los
matorrales y los restos de edificios, paredes esparcidas, un trozo de calle.
Hendricks hizo
café y calentó un poco de carnero y pan.
- Toma - dio
pan y carnero a David. David se sentó al borde del fuego, las piernas cruzadas,
huesudas y blancas las rodillas. Examinó la comida y la rechazó con un gesto.
- No.
- ¿No? ¿No
quieres?
- No.
Hendricks se
encogió de hombros. Quizás aquel muchacho fuese un mutante, acostumbrado a
alimentos especiales. Daba igual. Cuando tuviese hambre ya encontraría comida.
Era un muchacho extraño. Pero sucedían muchas cosas extrañas en el mundo. La
vida ya no era igual. Nunca volvería a serlo. La humanidad iba haciéndose a la
idea.
- Allá tú -
dijo Hendricks. Comió pan y carnero y café. Comía lentamente, como si le
resultase laborioso digerir la comida. Cuando acabó se puso de pie y apagó el
fuego.
David se levantó
lentamente, observándole con sus ojos de joven viejo.
- Nos vamos -
dijo Hendricks.
- Muy bien.
Hendricks
reemprendió la marcha, el fusil en la mano. Estaban cerca ya, y Hendricks iba
tenso, preparado para cualquier cosa. Los rusos tenían que esperar un emisario,
una contestación al suyo, pero eran muy tramposos. Siempre había la posibilidad
de un error. Examinó el paisaje que les rodeaba. Escombros, ceniza, unos
cuantos montículos, árboles chamuscados. Muros de hormigón. Pero algo más allá
estaba el primer bunker de las líneas rusas, el puesto de mando adelantado.
Bajo tierra, profundamente enterrado, sólo mostrando un periscopio y unos
cuantos cañones. Quizás una antena.
- ¿Llegaremos
pronto? - Preguntó David.
- Sí. ¿Cansado?
- No.
- ¿Entonces?
David no
contestó. Caminaba cuidadosamente tras él, abriéndose camino entre las cenizas.
Tenía pies y piernas grises de polvo. Tenía en la cara arrugas de ceniza gris
que se dibujaban sobre la blanca palidez de su piel. No tenía color en la cara.
Típico de los nuevos niños, criados en sótanos y alcantarillas y refugios
subterráneos.
Hendricks se
detuvo. Alzó sus prismáticos y estudió el terreno que tenía delante. Tenían que
estar allí, en algún sitio, esperándole... ¿o le vigilaban, como habían
vigilado sus hombres al emisario ruso? Se estremeció. Quizás estuviesen
preparando sus armas, disponiéndose a disparar, lo mismo que sus hombres,
disponiéndose a matar.
Se enjugó la
cara cubierta de sudor.
- Maldita sea.
- se sentía incómodo. Pero tenían que esperarle. La situación era distinta.
Siguió
caminando sobre la ceniza, sujetando el fusil con ambas manos. Y detrás iba
David. Hendricks miraba a su alrededor, ceñudo. En cualquier segundo podría
suceder. Un relámpago de luz, un fogonazo cuidadosamente enfocado desde el
interior de un profundo bunker de hormigón.
Alzó un brazo e
hizo una señal en el aire.
Nada se movió.
A la derecha se veía una larga cordillera, coronada de troncos muertos. Habían
crecido unas cuantas vides silvestres alrededor de los árboles, de los restos
de árboles. Y las eternas hierbas oscuras. Hendricks examinó el cerro. ¿Había
algo allá arriba? Un lugar de observación perfecto. Se aproximó nervioso David
le seguía silenciosamente. Si hubiese sido su puesto de mando habría allí un
centinela vigilando a los soldados que quisiesen infiltrarse en la zona de
mando. Por supuesto, si fuese su puesto de mando habría garras alrededor para
una protección plena.
Se detuvo,
separadas las piernas, las manos en las caderas.
- ¿Ya estamos?
- dijo David.
- Casi.
- ¿Por qué
paramos?
- No quiero
correr ningún riesgo. - Hendricks avanzaba lentamente. Ahora el cerro quedaba
directamente a su lado a la derecha. Por encima de él. Su inquietud aumentó. Si
hubiese allí arriba un ruso estaría en sus manos. Agitó de nuevo el brazo.
Tenían que esperar a alguien con uniforme de la ONU como respuesta a su nota. A
menos que todo aquello fuese una trampa.
- Ven a mi lado
- dijo, volviéndose a David -. No te quedes atrás.
- ¿Contigo?
- A mi lado.
Estamos muy cerca. No podemos correr riesgos. Ven.
- Voy bien
aquí. - David continuó caminando tras él, a unos pasos de distancia, sin soltar
su oso de felpa.
- Allá tú. -
Hendricks alzó de nuevo sus prismáticos, súbitamente tenso. Por un momento...
¿se había movido algo? Examinó cuidadosamente el cerro. Todo estaba en
silencio. Muerto. No había vida allá arriba, sólo troncos de árboles y cenizas.
Quizás algunas ratas. Las grandes ratas negras que habían sobrevivido a las
garras. Mutantes... construían sus refugios con saliva y ceniza. Una especie de
plástico. Adaptación. Continuó caminando.
En la colina,
sobre él, apareció un hombre alto de flotante capote. Verde gris. Un ruso. Tras
él apareció un segundo soldado, también ruso. Ambos alzaron sus armas,
apuntando.
Hendricks quedó
paralizado. Abrió la boca. Los soldados estaban arrodillados, apuntando desde
el borde del cerro. Se les había unido una tercera persona, una figura más
pequeña, también verde gris. Una mujer. Se mantenía detrás de ellos.
Hendricks
consiguió hablar por fin.
- ¡Alto! - Hizo
gestos frenéticos con los brazos -. Soy...
Los dos rusos
dispararon. Detrás de Hendricks sonaron dos suaves pops. Sobre él cayeron
oteadas de calor, que le derribaron. La cara se le llenó de ceniza y, tosiendo,
se puso de rodillas. Todo era una trampa. Estaba sentenciado. Había ido a que
le mataran, como a una res. Los soldados y la mujer bajaban por la ladera hacia
él, deslizándose sobre la suave ceniza. Hendricks estaba conmocionado. Le
palpitaba la cabeza. Torpemente, alzó su arma y apuntó. El fusil le pesaba mil
toneladas; apenas podía sostenerlo. Le picaba la nariz y las mejillas. El aire
estaba lleno de aquel aroma acre y amargo.
- ¡No dispares!
- dijo el primer ruso, en un inglés con fuerte acento.
Los tres
llegaron junto a él y le rodearon.
- Deja tu
rifle, yanqui - dijo el otro.
Hendricks
estaba desconcertado. Todo había sucedido con demasiada rapidez. Le habían
capturado. Y habían desintegrado al muchacho. Giro la cabeza. David había
desaparecido. Lo que quedaba de él estaba esparcido por el suelo.
Los tres rusos
le examinaron, curiosos. Hendricks permanecía sentado, conteniendo la sangre de
su nariz y escupiendo fragmentos de ceniza. Movía la cabeza intentando
despejarla.
- ¿Por qué
hicisteis eso? - murmuró -. El muchacho.
- ¿Por qué? -
replicó uno de los soldados que le ayudó a levantarse; mientras hacía volverse
a Hendricks -. Mira.
Hendricks cerró
los ojos.
- Mira - los
dos rusos le empujaron hacia adelante -. Deprisa. ¡No hay tiempo que perder,
yanqui!
Hendricks miró.
Y lanzó un gemido.
- ¿Ves ahora?
¿Comprendes?
De los restos
de David salió rodando una rueda metálica. Relés, metal resplandeciente.
Piezas, cables. Uno de los rusos dio una patada al montón de restos. Las piezas
se desparramaron. Cayó una sección plástica medio chamuscada. Hendricks se
inclinó tembloroso. Se había desprendido la parte frontal de la cabeza. Pudo
ver un intrincado cerebro, cables y relés, tubos y conmutadores, miles de
pequeñas piezas...
- Un robot -
dijo el soldado que le tenia sujeto del braza -. Vimos cómo te seguía. Así es
como hacen. Siguen a uno para entrar en el bunker. Así es como consiguen
entrar.
Hendricks
pestañeó, desconcertado.
- Pero...
- Vamos. - Le
condujeron hacia el cerro, resbalando al subir por la ceniza. La mujer llegó
primero a la cima y los esperó allí.
- El puesto de
mando adelantado - murmuró Hendricks -. Vine a negociar...
- Ya no hay
puesto de mando adelantado. Consiguieron entrar. Te explicaremos. - Llegaron a
la cima del cerro. Sólo quedamos nosotros. Nosotros tres. Los demás estaban en
el bunker.
- Por aquí.
Bajemos por aquí. - La mujer abrió una compuerta oculta en el suelo. Entra.
Hendricks se
agarró y entró. Los dos soldados y la mujer entraron y bajaron tras él la
escalerilla. La mujer cerró la compuerta, asegurándose de que quedaba bien
encajada.
- Fue una
suerte que te viéramos - gruñó uno de los dos soldados -. Hubiese acabado
contigo.
- Dame uno de
vuestros cigarrillos - dijo la mujer -. Hace semanas que no pruebo tabaco
americano.
Hendricks le
dio el paquete. La mujer sacó un cigarrillo y ofreció a los dos soldados. En un
rincón de la pequeña estancia brillaba una lámpara. Era una habitación de techo
bajo, y apenas había sitio para que se sentaran los cuatro alrededor de una
mesita de madera. A un lado se amontonaban algunos platos sucios, Tras una
raída cortina se veía parcialmente una segunda habitación. Hendricks vio el
extremo de un catre, algunas mantas y ropas colgadas de un gancho.
- Estábamos
aquí - dijo uno de los soldados; se quitó el casco, echándose hacia atrás su
rubio pelo. Soy el cabo Rudy Maxer. Polaco. Incorporado al ejército soviético
hace dos años -. Extendió la mano.
Hendricks
titubeó y luego se la estrechó.
- Mayor Joseph Hendricks.
- Klaus Epstein
- dijo el otro soldado, bajo, moreno y de pelo tupido; Epstein se rascó
nervioso la oreja -. Austriaco. Incorporado Dios sabe cuándo. No me acuerdo.
- Los tres
estábamos aquí, Rudy y yo con Tasso - indicó a la mujer. - Por eso escapamos.
Los demás estaban abajo en el bunker.
- Y... y les
cazaron.
Epstein
encendió un cigarrillo.
- Primero entró
solo uno. Como el que te seguía a ti. Luego ése dejó entrar a los otros.
- ¿Es que hay
más de un tipo? - preguntó Hendricks alarmado.
- El
muchachito. David. David con su oso de felpa. Es la tercera variedad. La más
eficaz.
- ¿Qué otros
tipos hay?
Epstein buscó
en su capote.
- Mira - sacó
un montón de fotografías y las extendió sobre la mesa; iban atadas todas en una
cinta -. Sírvete tú mismo.
Hendricks
desató la cinta.
- Ya ves - dijo
Rudy Maxer -. Por eso queríamos entablar conversaciones de paz. Quiero decir,
los rusos. Lo descubrimos hace una semana. Descubrimos que vuestras garras
empezaban a hacer nuevos diseños por su cuenta. Nuevos tipos. Mejores. En
vuestras fábricas subterráneas detrás de nuestras líneas. Los dejasteis que se
fabricaran y se repararan por su cuenta. Los hicisteis cada vez más
perfeccionados. Lo que ha sucedido es culpa vuestra.
Hendricks
examinó las fotografías. Habían sido sacadas precipitadamente; estaban movidas
y eran confusas. Las primeras mostraban... a David. David caminando solo. David
y otro David. Tres David. Todos exactamente iguales. Todos con un astroso oso
de felpa.
Todos
patéticos.
- Mira los
otros - dijo Tasso.
La siguiente
fotografía, tomada a gran distancia, mostraba a un soldado de elevada estatura
herido sentado al borde del camino, con un brazo en cabestrillo, un muñón de
pierna. Luego dos soldados heridos, los dos iguales. Hombro con hombro.
- Esta es la
primera variedad. El soldado herido. - Klaus se inclinó y cogió las fotografías
-. ¿Te das cuenta? Las garras fueron diseñadas para atrapar seres humanos. Para
encontrarlos. Cada tipo mejoraba el anterior. Llegaron muy lejos, lograron
superar nuestras defensas e introducirse en nuestras líneas. Pero mientras eran
sólo máquinas, esferas metálicas con garras, cuernos y sensores, podíamos
localizarlas y destruirlas como a cualquier otro objeto. Podían detectarse como
robots mortíferos en cuanto les viésemos. En cuanto les viésemos...
- La primera
variedad arrasó nuestra ala norte - dijo Rudi -. Tardamos mucho tiempo en
darnos cuenta. Cuando lo hicimos, ya era demasiado tarde. Llegaban, soldados
heridos, llamaban, y pedían que les dejáramos entrar. Y les dejábamos
preparados contra las máquinas...
- Entonces se
pensó que sólo había un tipo - dijo Klaus Epstein -. Nadie sospechaba que
hubiese otro. Nos pasaron las fotografías. Cuando os enviamos el emisario, sólo
conocíamos un tipo. La primera variedad. El gran soldado herido. Creíamos que
no había más.
- Vuestra línea
cayó con...
- Con la tercera
variedad. David y su oso. Funcionó aún mejor. - Klaus sonrió amargamente -. A
los soldados les gustan mucho los niños. Los trajimos e intentamos
alimentarlos. Descubrimos después lo que eran. Lo descubrieron los que estaban
en el bunker.
- Nosotros tres
tuvimos suerte - dijo Rudi -. Klaus y yo estábamos... haciéndole una visita a
Tasso cuando pasó. Esta es su casa - indicó con un gesto. Esta pequeña celda.
Acabamos y subimos por la escalerilla otra vez. Lo vimos desde el cerro.
Estaban allí, alrededor del bunker. Aún había lucha. David y su oso. Eran
centenares Klaus sacó las fotografías.
Klaus ató de
nuevo las fotografías.
- ¿Y esto está
pasando a lo largo de toda vuestra líneas? - dijo Hendricks.
- Sí.
- ¿Y nuestras
líneas? - Inconscientemente, acarició el tab de su brazo. ¿Pueden...?
- A ellos no
les afectan vuestros tabs radiactivos. A ellos les da igual rusos o americanos
o polacos o alemanes. Todos son lo mismo. Ellos hacen aquello para lo que están
diseñados. Persiguen a la vida, donde la encuentren.
- Se orientan
por el calor - dijo Klaus -. Así los construisteis desde el principio. Por
supuesto, los que vosotros construisteis podéis mantenerlos a raya con los tabs
radioactivos. Pero ahora han burlado esto. Estas nuevas variedades están
cubiertas de capas de plomo.
- ¿Cuál es la
otra variedad? - preguntó Hendricks -. El tipo David, el soldado herido...
¿Cuál es el otro?
- No lo
sabemos. - Klaus señaló hacia la parte superior de la pared. Había dos placas
de metal, melladas en los bordes. Hendricks se levantó y las examinó. Estaban
dobladas y dentadas.
- La de la
izquierda procede de un soldado herido - dijo Rudi -. Cogimos uno. Iba hacia
nuestro viejo bunker. Le disparamos desde el cerro, como al David que venía
contigo.
En la placa
había un sello: I-V. Hendricks examinó la otra placa.
- ¿Y esta es
del tipo David?
- Sí. - La
placa también tenía un sello: III-V.
Klaus las
contempló, inclinado sobre el ancho hombro de Hendricks.
- Ya ves lo que
nos espera. Hay otro tipo. Quizá lo abandonasen. Quizás no funcionase. Pero
tiene que haber una segunda variedad. Tenemos la uno y las tres.
- Tuviste
suerte - dijo Rudi -. El David te siguió hasta aquí sin tocarte. Probablemente
pensó que le meterías en algún bunker.
- Entra uno y
se acabó - dijo Klaus -. Son muy rápidos. Si entra uno entran todos. Son
inflexibles. Máquinas con un objetivo. Sólo fueron construidas para una cosa -
se limpió el sudor del labio.
Quedaron
silenciosos.
- Dame otro
cigarrillo, yanqui - dijo Tasso -. Son buenos. Casi me había olvidado de cómo
eran.
Era de noche.
El cielo estaba negro. No se veían estrellas entre las nubes de ceniza. Klaus
levantó cautelosamente la compuerta para que Hendricks pudiese mirar afuera.
Rudi señaló en
la oscuridad.
- Hacia allí
están los búnkers. Donde estábamos nosotros. No hay más de un kilómetro de
distancia. Fue pura casualidad que Klaus y yo no estuviésemos allí cuando pasó.
Debilidad. Nos salvó nuestra lujuria.
- Todos los
demás deben haber muerto - dijo Klaus con voz queda -. Fue todo muy rápido.
Esta mañana el politburó tomó la decisión. Nos lo notificaron... al puesto de
mando. Enviamos inmediatamente un emisario. Le vimos salir hacia vuestras
líneas. Le cubrimos hasta que le perdimos de vista.
- Alex
Radrivsky. Los dos le conocíamos. Desapareció hacia las seis. Acababa de salir
el sol. Hacia el mediodía Klaus y yo teníamos una hora de descanso. Salimos y
nos alejamos de los búnkers. No había nadie observándonos. Vinimos aquí. Antes
había sido un pueblo, unas cuantas casas, una calle. Esta bodega era parte de
una gran casa de campo. Sabíamos que Tasso estaría aquí, oculta en su refugio.
Ya habíamos venido antes. Y venían aquí otros de los búnkers. Por casualidad
hoy era nuestro turno.
- Por eso nos
salvamos - dijo Klaus -. Casualidad. Podrían haber sido otros. Bueno...
acabamos, y cuando salimos a la superficie y miramos hacia los búnkers les
vimos, a los David. Lo comprendimos inmediatamente. Habíamos visto las
fotografías de la primera variedad, el soldado herido. Nuestro comisario las
distribuyó con una explicación. Si hubiésemos dado otro paso nos habrían visto.
Hubiésemos tenido que destruir a los David para volver. Había cientos, por
todas partes. Como hormigas. Sacamos las fotos y volvimos aquí, y cerramos.
- No hay mucho
problema cuando se trata de uno solo. Somos más rápidos que ellos. Pero ellos
son inexorables. No son como los seres vivos. Avanzaban directamente contra
nosotros. Y nosotros los desintegramos.
El mayor
Hendricks se apoyó en el borde de la compuerta, ajustando sus ojos a la
oscuridad.
- ¿No es
peligroso levantar la compuerta?
- Hay que tener
cuidado. ¿Cómo podrías si no utilizar tu transmisor?
Hendricks alzó
lentamente el pequeño transmisor del cinturón. Lo apretó contra su oído. El
metal estaba frío y húmedo. Sopló en el micrófono y levantó la corta antena. En
su oído un leve murmullo.
- Sí, desde
luego.
Pero aún
vacilaba.
- Te meteremos
dentro si pasa algo - dijo Klaus.
- Gracias. -
Hendricks esperó un momento, poniéndose el transmisor en el hombro -. Es
interesante, ¿verdad?
- ¿Qué?
- Esto, lo de
los nuevos tipos. Las nuevas variedades de garras. Estamos completamente a su
merced, ¿no es cierto? Es muy probable que a estas horas hayan alcanzado
también las líneas de la ONU. Eso me hace preguntarme si no veremos pronto el
comienzo de una nueva especie. La nueva especie. Evolución. La raza que
sucederá al hombre.
Rudi lanzó un
gruñido.
- No habrá
ninguna raza después del hombre.
- ¿No? ¿Por
qué? Puede que estemos presenciando el fin de los seres humanos, el nacimiento
de una sociedad nueva.
- No hay una
raza. Son asesinos mecánicos. Los hicisteis para destruir. Sólo pueden hacer
esto. Son máquinas con un trabajo.
- Eso parece
ahora. Pero, ¿y después? Cuando acabe la guerra. Quizás muestren sus auténticas
potencialidades cuando no haya seres humanos que destruir.
- ¡Hablas como
si estuviesen vivos!
- ¿No lo están?
Hubo un
silencio.
- Son máquinas
- dijo Rudi -. Parecen personas, pero son máquinas.
- Usa tu
transmisor, mayor - dijo Klaus -. No podemos quedarnos aquí eternamente.
Sujetando con
firmeza el transmisor, Hendricks emitió el código del bunker de mando. Esperó,
escuchando atento. Ninguna respuesta. Sólo silencio. Comprobó cuidadosamente
las claves. Todo estaba en su sitio.
- ¡Scott! -
gritó en el micrófono. ¿Puedes oírme?
Silencio. Elevó
la potencia al máximo y lo intentó otra vez. Sólo ruidos parásitos.
- No capto
nada. Quizá me oigan y no quieran contestar.
- Diles que es
una emergencia.
- Creerán que
están obligándome a llamar. Que me obligáis vosotros. - Lo intentó de nuevo,
transmitiendo brevemente lo que había descubierto. Pero sólo le respondieron
ruidos parásitos.
- Las lagunas
radiactivas eliminan la mayor parte de la transmisión - dijo Klaus al cabo de
un rato. A lo mejor es eso.
Hendricks dejó
el transmisor.
- Es inútil. No
contestan. ¿Lagunas de radiación? Puede. O quizá me oigan y no quieran
contestar. Yo haría lo mismo, francamente, si un emisario intentase llamar
desde las líneas soviéticas. No tienen por qué creer lo que les digo. Pueden
haberlo oído todo...
- O quizá sea
demasiado tarde.
Hendricks
asintió.
- Será mejor
que cerremos - dijo Rudi, nervioso -. No tenemos por qué correr riesgos
innecesarios.
Descendieron
lentamente por el túnel. Klaus encajó con firmeza la compuerta. Entraron en la
cocina. La atmósfera resultaba pesada y opresiva.
- ¿Podrían
actuar tan deprisa? - dijo Hendricks -. Salí del bunker al mediodía. Hace diez
horas. ¿Cómo pudieron hacerlo tan deprisa?
- No tardan
mucho. Desde que entra el primero. Ya sabes lo que pueden hacer las garras
pequeñas. Estas son increíbles. Tienen cuchillas en cada dedo. Es una locura.
- Haré una cosa
- dijo Hendricks, dándoles la espalda.
- ¿Qué cosa? -
dijo Rudi.
- La base
lunar. Dios mío, si hubiesen llegado allí...
- ¿La base
lunar?
Hendricks se
volvió.
- Es imposible
que lleguen a la base lunar. No hay ninguna posibilidad. No puedo creerlo.
- ¿Qué es esa
base lunar? Hemos oído rumores, pero nada claro. ¿Cuál es la situación? Pareces
preocupado.
- Recibimos
suministros de la luna. Allí están los gobiernos, bajo la superficie lunar.
Todo nuestro pueblo y nuestras industrias. Por eso podemos continuar la lucha.
Si estos monstruos consiguiesen llegar a la luna...
- Basta con que
llegue uno. En cuanto llega uno introduce a los demás. Cientos, todos iguales.
Tendrías que haberlos visto. Idénticos. Como hormigas.
- Socialismo
perfecto - dijo Tasso. - El ideal del estado comunista. Todos los ciudadanos
intercambiables.
Klaus lanzó un
gruñido colérico.
- Ya basta.
¿Bueno, qué hacemos?
Hendricks
paseaba por la habitación. El aire olía a comida y sudor. Los otros le
observaban. Tasso cruzó la cortina y entró en la habitación contigua.
- Voy a dormir
un poco.
La cortina se
cerró tras ella. Rudi y Klaus se sentaron a la mesa, sin dejar de observar a
Hendricks.
- Es asunto
vuestro - dijo Klaus -. Nosotros no conocemos vuestra situación.
Hendricks
asintió.
- Es un
problema. - Rudi bebió un sorbo de café, que echó en su taza de un oxidado
puchero. - Estaremos seguros aquí durante un tiempo, pero no podemos quedarnos
siempre. No tenemos reservas de alimentos suficientes.
- Pero si
salimos fuera...
- Si salimos
nos cogerán. O pueden cogernos. Sería lo más probable. No podríamos ir muy
lejos. ¿A qué distancia queda el bunker de mando americano, mayor?
- ¿Y si están
ya allí? - dijo Klaus.
Rudi se encogió
de hombros.
- En ese caso
volveremos aquí.
Hendricks dejó
de pasear.
- ¿Qué
posibilidades hay según vosotros de que hayan llegado ya a las líneas
americanas?
- Es difícil
saberlo. Pero es bastante probable que hayan llegado ya. Están organizados.
Saben muy bien lo que hacen. En cuanto empiezan son como una plaga de
langostas. Tienen que seguir moviéndose, y deprisa. Se basan en el engaño y en
la velocidad. Antes de que te des cuenta ya están dentro.
- Comprendo -
murmuró Hendricks.
Tasso se agitó
en la otra habitación.
- ¿Mayor?
Hendricks
apartó la cortina.
- ¿Qué?
Tasso le miró
lánguidamente desde el catre.
- ¿Te quedan
más cigarrillos americanos?
Hendricks entró
en la habitación y se sentó frente a ella en un taburete de madera. Hurgó en
los bolsillos.
- No. No me
queda ninguno.
- Qué lástima.
- ¿De qué
nacionalidad eres tú? - preguntó Hendricks tras de una pausa.
- Rusa.
- ¿Cómo
llegaste aquí?
- ¿Aquí?
- Esto era
Francia. Una parte de Normandía. ¿Viniste con el ejército soviético?
- ¿Por qué?
- Pura
curiosidad.
La examinó
detenidamente. Se había quitado la guerrera y la había echado a los pies del
catre. Era joven, unos veinte. Esbelta. Su largo pelo se derramaba sobre la
almohada.
Le miraba en
silencio, con unos ojos grandes y oscuros.
- ¿Qué piensas?
- dijo Tasso.
- Nada.
¿Cuántos años tienes?
- Dieciocho.
Ella continuaba
observándole, sin pestañear los brazos detrás de la cabeza. Llevaba pantalones
y camisa del ejército ruso. Verde gris. Grueso cinturón de cuero con hebilla y
cartuchera. Botiquín.
- ¿Perteneces
al ejército soviético?
- No.
- ¿Dónde
conseguiste el uniforme?
- Me lo dieron
- dijo ella, encogiéndose de hombros.
- ¿Qué edad
tenías cuando... cuando viniste aquí?
- Dieciséis.
- ¿Tan joven?
Ella achicó los
ojos.
- ¿Qué quieres
decir?
Hendricks se
rascó la barbilla.
- Tu vida
habría sido muy diferente de no ser por la guerra. Dieciséis. Viniste aquí a
los dieciséis. A vivir de este modo.
- Tenía que
sobrevivir.
- No estoy
moralizando.
- Tu vida
habría sido también muy distinta - murmuró Tasso; se inclinó y se desabrochó
una de las botas; se desprendió de ella de una patada -. Mayor, ¿por qué no te
vas a la otra habitación? Tengo sueño.
- Va a ser un
problema, los cuatro aquí. Resultará difícil vivir en este espacio. ¿Sólo hay
dos habitaciones?
- Sí.
- ¿Qué tamaño
tenía originariamente el sótano? ¿Era mayor? ¿Hay otras habitaciones llenas de
escombros? Quizá pudiéramos despejar una.
- Puede. En
realidad no lo sé. - Tasso se aflojó el cinturón; se acomodó en la litera y se
desabrochó la camisa -. ¿Estás seguro de que no tienes más cigarrillos?
- Sólo tenía
aquel paquete.
- Qué lástima.
Quizá podríamos encontrar alguno si volviésemos a tu búnker. - Soltó la otra
bota; luego buscó el cordón de la luz. Buenas noches.
- Vas a dormir?
- Eso es.
La habitación
se hundió en la oscuridad. Hendricks se levantó, cruzó la cortina y entró en la
cocina.
Y se detuvo,
rígido.
Rudi estaba
contra la pared, la piel blanca y brillante. Abría y cerraba la boca, pero sin
emitir ningún sonido. Frente a él estaba Klaus, que le clavaba en el estómago
el cañón de su pistola. Ninguno de los dos se movía. Klaus estaba serio,
sujetando con firmeza la pistola. Rudi, pálido y silencioso, pegado a la pared.
- Pero ¿qué...?
- Murmuró Hendricks, pero Klaus le interrumpió.
- Tranquilo,
mayor. Acércate. Tu pistola. Saca tu pistola.
Hendricks sacó
su pistola.
- Pero ¿qué
pasa?
- Cúbrele -
Klaus le empujó hacia adelante. A mi lado. ¡Aprisa!
Rudi se movió
un poco y bajó los brazos. Se volvió a Hendricks, lamiéndose los labios. Sus ojos
brillaban ferozmente. Tenía la frente empapada de sudor que le goteaba por las
mejillas. Fijó sus ojos en Hendricks.
- Mayor, se ha
vuelto loco. Deténgale la voz de Rudi era áspera y sorda, casi inaudible.
- ¿Qué Pasa? -
preguntó Hendricks.
Sin bajar la
pistola, Klaus contestó:
- Mayor, ¿se
acuerda de nuestra discusión? ¿Se acuerda de las tres variedades? Conocíamos la
una y la tres. Pero no conocíamos la dos. O no la conocíamos hasta ahora. - Los
dedos de Klaus se apretaron alrededor de la culata e su pistola -. No la
conocíamos, pero ya la conocemos.
Apretó el
gatillo. De la pistola brotó un fogonazo blanco y cálido que rodeó a Rudi.
- Mayor, esta
es la segunda variedad.
- ¡Klaus! ¿Qué
hiciste?
Klaus se
volvió, apartando los ojos de la forma chamuscada que se desmoronaba
gradualmente por la pared al suelo.
- La segunda
variedad, Tasso. Ahora la conocemos. Hemos identificado los tres tipos. Hay
menos peligro. Yo...
Tasso contempló
los restos de Rudi, los ennegrecidos y retorcidos fragmentos entre trozos de
tela.
- Le mataste.
- No lo
lamentes. No era un hombre. Estaba vigilándole. Tenía el presentimiento, pero
no estaba seguro. Al menos, no estuve seguro antes. Pero esta tarde me
convencí. - Klaus frotó la culata de la pistola, nervioso. - Tenemos suerte.
¿No os dais cuenta? Otra hora aquí y podría...
- ¿Estás
seguro? - Tasso se inclinó sobre los humeantes restos del suelo; su expresión
se endureció -. Mayor, véalo usted mismo. Huesos. Carne.
Hendricks se
inclinó también. Eran restos humanos. Carne chamuscada, fragmentos de huesos
carbonizados, un trozo de cráneo. Ligamentos, vísceras, sangre. Sangre formando
un estanque junto a la pared.
- No hay
ninguna pieza - dijo Tasso quedamente, se levantó. No hay ruedas ni piezas ni
relés. Ni garras. Nada de segunda variedad. - Cruzó los brazos -. Tendrás que
explicar esto.
Klaus se sentó
junto a la mesa, súbitamente pálido.
- Suéltalo de
una vez - dijo Tasso, cerrando una mano sobre su hombro. ¿Por qué lo hiciste?
¿Por qué le mataste?
- Estaba
asustado - dijo Hendricks -. Todo esto, todo este asunto...
- Puede.
- ¿Qué
entonces? ¿Qué piensas?
- Creo que
puedes haber tenido una razón para matar a Rudi. Una buena razón.
- ¿Qué razón?
- Quizá Rudi
descubriese algo.
Hendricks
examinó su sombría cara.
- ¿Sobre qué? -
preguntó.
- Sobre él.
Sobre Klaus.
Klaus alzó la
vista rápidamente.
- Supongo que
te das cuenta de lo que quiere decir. Ella cree que yo soy la segunda variedad.
¿Comprendes, mayor? Ahora quiere que creas que le maté a propósito. Que soy...
- ¿Por qué le
mataste, entonces? - dijo Tasso.
- Ya te lo dije
- respondió Klaus -. Creí que era una garra. Creí que le había descubierto.
- ¿Por qué?
- Había estado
vigilándole. Tenía sospechas.
- ¿Por qué?
- Porque tenía
ciertos datos. Oí algo. Creí oírle... como girar de ruedas dentro de él.
Hubo un
silencio.
- ¿Crees eso? -
dijo Tasso a Hendricks.
- Sí. Creo lo
que dice.
- Yo no. Yo
creo que mató a Rudi a sabiendas - Tasso cogió el fusil que había en el rincón
-. Mayor...
- No -
Hendricks hizo un gesto decidido. - Acabemos con esto ahora mismo. Basta con
uno. Tenemos miedo, lo mismo que él. Si le matamos haremos lo que él hizo a
Rudi.
Klaus le miro
agradecido.
- Gracias.
Tenía miedo. Lo comprendes, ¿verdad? Ahora tiene miedo ella, como lo tenía yo.
Quiere matarme.
- No habrá más
muertes - dijo Hendricks, dirigiéndose hacia la escalerilla -. Voy a subir y
probar suerte con el transmisor otra vez. Si puedo localizarles volveremos a
mis líneas mañana por la mañana.
Klaus se
levantó inmediatamente.
- Subiré
contigo y te echaré una mano.
El aire de la
noche era frío. La tierra estaba refrescándose. Klaus respiró profundamente,
llenando sus pulmones. El y Hendricks salieron del túnel y pisaron el suelo de
la superficie. Klaus, plantado y con las piernas separadas, el fusil dispuesto,
observaba y escuchaba. Hendricks acuclillado junto a la boca del túnel,
accionando el pequeño transmisor.
- ¿Hay suerte?
- preguntó Klaus.
- Aún no.
- Sigue
intentándolo. Diles lo que pasa.
Hendricks
siguió intentándolo. Sin éxito. Por fin bajó la antena.
- Es inútil. No
me oyen. O me oyen y no quieren contestar. O...
- O no existen.
- Lo intentaré
otra vez - Hendricks alzó la antena -. Scott,
¿me oyes?
Escuchó. Sólo
ruidos parásitos. Luego, muy desmayadamente...
- Aquí Scott.
- ¡Scott! ¿Eres tú?
- Aquí Scott.
Klaus se
arrodilló a su lado.
- ¿Es tu puesto
de mando?
- Scott,
escucha. ¿Me oyes? ¿Recibiste lo de las garras? ¿Recibiste el mensaje? ¿Me
oyes?
- Sí. -
Desmayadamente. Casi inaudible. Apenas si podía diferenciar la palabra.
- ¿Recibisteis
mi mensaje? ¿Va todo bien ahí? ¿No ha conseguido entrar ninguno?
- Todo bien
aquí.
La voz se hizo
más débil.
- No.
Hendricks se
volvió a Klaus.
- Están bien.
- ¿Les han
atacado?
- No. -
Hendricks apretó el auricular junto a su oído -. Scott, no te oigo apenas. ¿Has
notificado a la base lunar? ¿Lo saben ellos? ¿Los habéis alertado?
No hubo
respuesta.
- ¡Scott! ¿Me oyes?
Silencio.
Hendricks se
relajó y se sentó en el suelo.
- Se fue. Deben
ser las lagunas radioactivas.
Hendricks y
Klaus se miraron. Ninguno de los dos dijo nada. Por fin, al cabo de un rato,
habló Klaus:
- ¿Era la voz
de alguno de tus hombres? ¿Pudiste identificar la voz?
- Se oía muy
mal.
- ¿No puedes
estar seguro?
- No.
- Entonces
podría haber sido...
- No sé. Ahora
ya no estoy seguro. Volvamos abajo y cerremos la compuerta.
Bajaron
lentamente por la escalerilla y volvieron al cálido sótano. Klaus aseguró el
cierre de la compuerta. Tasso les esperaba, seria y grave.
- ¿Hubo suerte?
- Preguntó.
Ninguno de los
dos contestaba.
- Bueno - dijo
por fin Klaus -. ¿Qué piensas, mayor? ¿Era tu oficial, o era uno de ellos?
- No lo sé.
- Entonces
estamos como antes.
Hendricks miró
al suelo, apretando las mandíbulas.
- Tenemos que
ir. Para asegurarnos.
- De todos
modos sólo tenemos comida aquí para unas semanas. Tendremos que salir a la
fuerza.
- Eso parece.
- Pero ¿qué
pasa? - preguntó Tasso -. ¿Conseguisteis contacto con el bunker? ¿Cuál es el
problema?
- Podía haber
sido uno de mis hombres - dijo lentamente Hendricks -. O podría haber sido uno
de ellos. Pero quedándonos aquí no lo sabremos nunca. - Miró su reloj -.
Apaguemos y durmamos un poco. Tenemos que levantarnos temprano mañana.
- ¿Temprano?
- El mejor
momento para pasar entre las garras es por la mañana temprano - dijo Hendricks.
Era una mañana
cruda y clara. El mayor Hendricks estudió el paisaje con sus prismáticos.
- ¿Ves algo? -
dijo Klaus.
- No.
- ¿Distingues
nuestros búnkers?
- ¿Hacia dónde
quedan?
- Allí. - Klaus
tomó los prismáticos y los ajustó.
- Yo sé dónde
mirar. - Miró largo rato, silencioso.
Tasso llegó a
la cima del túnel y salió a la superficie.
- ¿Alguna cosa?
- No. - Klaus
devolvió los prismáticos a Hendricks -. Están desenfocados. Vamos. No nos
quedemos aquí.
Bajaron los
tres por la ladera del cerro, deslizándose sobre la suave ceniza. Tras una
piedra lisa vigilaba una lagartija. Se pararon instantáneamente, rígidos.
- ¿Qué fue? -
murmuró Klaus.
- Una
lagartija.
La lagartija
echó a correr entre las cenizas. Era exactamente del mismo color.
- Adaptación
perfecta - dijo Klaus -. Prueba que tenemos razón. La tiene Lysenko, quiero
decir.
Llegaron al pie
de la ladera y se detuvieron, muy juntos, mirando alrededor.
- Vamos - dijo
Hendricks -. Hay mucho camino a pie.
Klaus se colocó
a su lado. Tasso caminaba detrás, con la pistola preparada.
- Mayor, quería
preguntarle una cosa - dijo Klaus -. ¿Cómo encontraste al David? El que venía
contigo...
- Lo encontré
por el camino. En unas ruinas.
- ¿Que te dijo?
- No mucho.
Dijo que estaba sólo.
- ¿No pudiste
percibir que era una máquina? ¿Hablaba como un ser humano? ¿Nunca lo
sospechaste?
- Es extraño,
esas máquinas son tan parecidas a las personas que pueden engañarle. Casi
vivas. Me pregunto cómo acabará esto.
- Se dedican a
hacer aquello para lo que las diseñasteis vosotros los yanquis - dijo Tasso. -
Las creasteis para perseguir la vida y destruirla. La vida humana. En donde la
encuentren.
Hendricks
observaba atentamente a Klaus.
- ¿Por qué me
lo preguntas? ¿En qué piensas?
- En nada -
contestó Klaus.
- Klaus piensa
que tú eres la segunda variedad - dijo tranquilamente Tasso detrás de él -.
Ahora ha puesto los ojos en ti.
Klaus
enrojeció.
- ¿Por qué no?
Nosotros enviamos un emisario a las líneas yanquis y volvió él. Quizá pensara
que encontraría aquí buena caza.
- Yo vine de
los búnkers de la ONU - dijo Hendricks con una risa áspera -. Y allí estaba
rodeado de seres humanos.
- Quizá
pensaste que era una oportunidad de entrar en las líneas soviéticas. Quizá
pensases que era tu oportunidad. Quizá...
- Las líneas
soviéticas estaban ya invadidas. Invadieron vuestras líneas antes de que yo
saliese de mi búnker. No olvides eso.
Tasso se colocó
a su lado.
- Eso no prueba
nada, mayor.
- ¿Por qué no?
- Parece ser
que hay poca comunicación entre las variedades. Todas son de fábricas
distintas. No parecen trabajar conjuntamente. Podrías haber salido hacia las
líneas soviéticas sin saber lo que hacían las otras variedades. O incluso cómo
eran las otras variedades.
- ¿Cómo sabes
tú tanto sobre las garras? - dijo Hendricks.
- Las he visto.
Las observé. Vi cómo tomaban los búnkers soviéticos.
- Mucho sabes
tú - dijo Klaus. -. En realidad viste muy poco. Es extraño que fueses tan buena
observadora.
Tasso se echó a
reír.
- ¡No
sospecharás de mí ahora!
- Olvídalo -
dijo Hendricks. Siguieron caminando en silencio.
- ¿Vamos a hacer
todo el camino a pie? - dijo Tasso, al cabo de un rato. No estoy acostumbrada a
andar:
Miró a su
alrededor, contemplando la llanura cenicienta que se extendía por todas partes
hasta el horizonte.
- Qué
desolación - exclamó.
- Es así por
todas partes - dijo Klaus.
- En cierto
modo hubiese preferido que estuvieses en tu búnker cuando llegó el ataque.
- Algún otro
hubiese estado contigo, en ese caso - murmuró Klaus.
Tasso se echó a
reír, metiéndose las manos en los bolsillos.
- Supongo que
si.
Siguieron caminando,
los ojos fijos en el horizonte de la vasta llanura de silente ceniza que les
rodeaba.
Se ponía el
sol. Hendricks avanzaba lentamente, con Tasso y Klaus detrás. Klaus se sentó,
apoyando su arma contra el suelo.
Tasso encontró
una losa de hormigón y se sentó exhalando un suspiro.
- Es mejor que
nos tomemos un descanso.
- Silencio,
estate quieta - dijo Klaus ásperamente.
Hendricks subió
hasta la cima del montículo que había ante ellos. La misma cima a la que había
subido el emisario ruso el día anterior. Hendricks se echó al suelo, y tumbado
miró con sus prismáticos lo que había más allá.
No se veía
nada. Sólo ceniza y algún árbol. Pero allí, a no más de cincuenta metros,
estaba la entrada del búnker. El bunker del que él había salido. Hendricks
observaba en silencio. Ningún movimiento. Ningún signo de vida. Nada revivía.
Klaus se
deslizó junto a él.
- ¿Dónde está?
- Allá abajo.
Hendricks le
pasó los prismáticos. Nubes de ceniza cruzaban el cielo del crepúsculo. El
mundo oscurecía. Aún les quedaban un par de horas de luz, como máximo.
Probablemente menos.
- No veo nada -
dijo Klaus.
- Aquel árbol
de allí. El tocón. Junto a la pila de ladrillos. La entrada está a la derecha
de los ladrillos.
- Tendré que
creerlo.
- Tú y Tasso
cubridme desde aquí. Yo exploraré el camino hasta la entrada del búnker.
- ¿Bajarás
solo?
- Con mi tab de
muñeca estaré seguro. El terreno que rodea al búnker es un hervidero de garras.
Se esconden en la ceniza. Como cangrejos. Vosotros, sin tabs, no podríais hacer
nada.
- Quizá tengas
razón.
- Caminaré
lentamente. Tan pronto como esté seguro...
- Si están
dentro del búnker no podrás volver aquí. Son muy rápidos. ¿Es que no te das
cuenta?
- ¿Qué
sugieres?
Klaus se quedó
pensativo.
- No sé. Lo
mejor sería conseguir que subieran a la superficie. Así podrías ver.
Hendricks sacó
su transmisor del cinturón, alzando la antena.
- De acuerdo,
lo haremos.
Klaus hizo una
señal a Tasso. Tasso subió diestramente la ladera de la colina hasta donde
estaban.
- Va a bajar
solo - dijo Klaus -. Le cubriremos desde aquí. En cuanto le veas retroceder,
dispara. Son muy rápidos.
- No eres muy
optimista - dijo Tasso.
- No, no lo
soy.
Hendricks
comprobó cuidadosamente su arma.
- Puede que no
haya ningún problema.
- Es que no los
viste. Centenares. Todos son iguales. Como hormigas.
- Podré
descubrir si están ahí sin necesidad de bajar. - Hendricks montó su arma, la
sujetó con firmeza y cogió el transmisor con la otra mano. En fin, deseadme
suerte.
Klaus le tendió
la mano.
- No bajes
hasta estar seguro. Habla con ellos desde arriba. Que se muestren.
Hendricks bajó
la ladera de la colina.
Momentos
después caminaba lentamente hacia la pila de ladrillos y escombros junto al
tronco muerto. Hacia la entrada del búnker de mando.
Nada se movía.
Accionó el transmisor.
- ¿Scott? ¿Me
oyes?
Silencio.
- ¡Scott! Soy Hendricks. ¿Me oyes? Estoy a la entrada del búnker.
Tenéis que verme en la pantalla de visión.
Escuchó,
apretando con fuerza el transmisor. Ningún sonido. Sólo ruidos parásitos.
Siguió caminando. Una garra salió de la ceniza y corrió hacia él, lo examinó
atentamente, y luego se colocó detrás, perrunamente respetuosa, siguiéndole a
unos pasos de distancia. Un momento después se le unió otra gran garra. Las
garras le seguían silenciosas, mientras él caminaba lentamente hacia el búnker.
- ¡Scott! ¿Me oyes.? Estoy a la puerta. Aquí afuera. En la superficie.
¿Me escuchas?
Esperó,
apretando contra el costado la pistola, mientras mantenía el transmisor pegado
a la oreja. Se esforzaba por oír, pero sólo había silencio y vagos ruidos
parásitos.
Luego, clara y
metálica, sonó una voz:
- Aquí Scott.
Era una voz
neutra. Fría. No podía identificarla. Pero el auricular era preciso.
- Scott,
escucha. Estoy aquí arriba. Estoy en la superficie, frente a la entrada del
búnker.
- Sí.
- ¿Me ves?
- Sí.
- ¿Por la
pantalla visual? ¿Me tienes enfocado?
- Sí.
Hendricks
meditó unos instantes sobre la situación. Le rodeaba un círculo de pacientes
garras.
- ¿Va todo bien
en el bunker? ¿No ha pasado nada especial?
- Todo va bien.
- ¿Podrías
subir a la superficie? Quiero verte un momento. - Hendricks respiró
profundamente. Sube aquí conmigo, quiero hablarte.
- Baja.
- Sube, es una
orden.
Silencio.
- ¿Subes? -
Hendricks escuchó; no había respuesta -. Te ordeno que subas a la superficie.
- Baja.
Hendricks
apretó las mandíbulas.
- Ponme con
Leone.
Hubo una larga
pausa. Escuchaba ruidos parásitos. Luego llego otra voz, firme, sólida,
metálica. Igual que la anterior.
- Aquí Leone.
- Hendricks.
Estoy en la superficie. A la entrada del búnker. Quiero que subáis uno aquí.
- Baja.
- ¿Por qué? ¡Es
una orden!
Silencio,
Hendricks bajó el transmisor. Miró cautelosamente a su alrededor. La entrada
estaba frente a él. Casi a sus pies. Bajó la antena y fijó el transmisor al
cinturón. Cuidadosamente, sujetó su arma con ambas manos. Avanzó, paso a paso.
Si podían verle sabían que se dirigía a la entrada. Cerró los ojos un momento.
Luego puso un
pie en el primer escalón.
Dos David
subieron hacia él, sus caras idénticas e inexpresivas. Los desintegró en
partículas. Seguían subiendo silenciosamente, todo un ejército. Todos
exactamente iguales.
Hendricks dio
la vuelta y echó a correr, lejos del bunker, hacia la colina.
En la cima de
la colina, Tasso y Klaus dispararon. Las garras pequeñas subían ya hacia ellos,
brillantes y rápidas cual esferas de metal, surcando frenéticas las ceniza.
Pero no tenía tiempo de pararse a pensar. Se arrodilló, apuntando con su
pistola hacia la entrada del búnker. Los David salían en grupos, con sus ositos
de felpa. sus flacas y huesudas piernas resonando al subir los escalones hacia
la superficie. Hendricks disparó contra la masa principal. Estallaron,
desparramando engranajes y muelles en todas direcciones. Disparó de nuevo,
entre la niebla de partículas.
Una figura
gigantesca surgió de la entrada del búnker, alta y vacilante. Hendricks la
contempló sorprendido. Un hombre, un soldado. Con una pierna sólo, apoyándose
en una muleta.
- ¡Mayor! - era
la voz de Tasso. Más disparos. La inmensa figura avanzaba, con los David
hormigueando a su alrededor. Hendricks salió de su estupor. La primera
variedad. El soldado herido. Apuntó y disparó. El soldado se dispersó en
piezas, casquillos, cables y muelles por todas partes. Los David se esparcían
por la llanura. Disparó una y otra vez, retrocediendo lentamente y disparando.
Desde la cima
de la ladera disparaba Klaus. La ladera hervía de garras que pretendían subir.
Hendricks retrocedió hacia el montículo, sin dejar de disparar. Tasso había
dejado a Klaus e iba lentamente bordeando hacia la derecha, apartándose de la
cima.
Un David subió
hacia él, con su carita blanca e inexpresiva y su pelo marrón colgando sobre
los ojos. Se inclinó súbitamente, abriendo los brazos. El oso de felpa saltó al
suelo y avanzó con él a saltos. Hendricks disparó. David y el oso se disolvieron.
Era como un sueño. Hendricks parpadeó.
- ¡Sube aquí! -
era la voz de Tasso. Hendricks se dirigió hacia ella. Estaba junto a unas
columnas de hormigón, de un edificio destruido. Disparaba por encima de él, con
la pistola que Klaus te había dado.
- Gracias. -
Llegó junto a ella, jadeando por el esfuerzo. Ella le empujó detrás de las
columnas. Sacaba algo de su cinturón.
- ¡Cierra los
ojos!. - Sacó una bomba de la cintura y la activó. - Cierra los ojos y
tiéndete.
Tiró la bomba.
Describió un arco y fue saltando hasta la entrada del búnker. Dos soldados
heridos estaban apostados junto a la pila de ladrillos. Seguían saliendo más
David, esparciéndose por la llanura. Uno de los soldados heridos se acercó a la
bomba y se agachó para cogerla.
La bomba estalló.
La explosión hizo rodar a Hendricks por el suelo. El viento caliente lo azotó.
Vio a Tasso de pie tras las columnas, disparando lenta y metódicamente contra
los David que salían de las ardientes nubes de blanco fuego.
Parapetado en
la cima Klaus, luchaba con un anillo de garras que le rodeaban. Retrocedía,
disparando contra ellas, intentando atravesar el anillo.
Hendricks se
puso de pie trabajosamente. Le dolía la cabeza. Apenas veía. Todo te daba
vueltas. No podía mover el brazo derecho.
Tasso se acercó
a él.
- Ven. Vamos.
- Klaus... está
allá arriba.
- ¡Vamos! -
Tasso arrastró a Hendricks, apartándole de las columnas. Hendricks movió la
cabeza, intentando despejarla. Tasso andaba deprisa, los ojos duros y
brillantes, temerosa de las garras que habían escapado a la explosión.
De entre las
rodantes nubes de llamas salió un David. Tasso lo desintegró. No aparecieron
más.
- Pero Klaus...
¿qué hacemos? - Hendricks se detuvo, vacilante -. El...
- ¡Vamos!
Retrocedieron,
apartándose cada vez más del búnker. Un grupo de garras les siguió durante un
rato, y luego les dejó y retrocedió. Por fin, Tasso se detuvo.
- Podemos parar
aquí y recuperar fuerzas.
Hendricks se
sentó en un montón de escombros. Se frotó el cuello, carraspeando.
- Dejamos a
Klaus allí.
Tasso no
contestó. Abrió su pistola y colocó un peine nuevo.
Hendricks la
miró, desconcertado.
- Le dejaste
allí aposta.
Tasso cerró la
recámara. Miraba los montones de escombros que les rodeaban, con cara
inexpresivo. Como si buscase algo.
- ¿Qué es? -
Preguntó Hendricks -. ¿Qué estás buscando? ¿Viene algo?
No comprendía.
¿Qué estaba haciendo ella? ¿Qué esperaba? El no veía nada. Ceniza por todas
partes, ceniza y ruinas. Y de vez en cuando el tronco chamuscado de un árbol,
sin hojas ni ramas.
- ¿Qué...?
Tasso le
interrumpió.
- Quieto. -
Achicó los ojos y sacó la pistola. Hendricks se volvió, siguiendo su mirada.
Por el camino
que habían seguido ellos venía alguien. Caminaba cansinamente hacia ellos.
Tenía las ropas destrozadas. Cojeaba, y avanzaba muy lentamente. Se detenía de
vez en cuando a descansar y tomar aliento. Una vez estuvo a punto de caer. Se
detuvo un momento para recuperarse. Luego continuó.
Klaus.
Hendricks se
incorporó.
- ¡Klaus! -
avanzó hacia él -. Cómo demonios...
Tasso disparó.
Hendricks se volvió. Ella disparó de nuevo, por encima de él, un mortífero
trallazo de fuego. La llama alcanzó a Klaus en el pecho. Explotó, tuercas y
piezas volaron por el aire. Durante un instante continuó caminando. Luego se
tambaleó y se derrumbó en el suelo. Rodaron unos cuantos tornillos más.
Silencio.
Tasso se volvió
a Hendricks.
- Ahora
entenderás por qué mato a Rudi, supongo.
Hendricks
volvió a sentarse lentamente. Estaba conmocionado. No podía pensar.
- Te das
cuenta? - Dijo Tasso. - ¿Comprendes? - Hendricks no dijo nada. Tenía la
sensación de que todo se derrumbaba a su alrededor a gran velocidad. La
oscuridad le cubría.
Cerro los ojos.
Hendricks abrió
los ojos lentamente. Le dolía todo el cuerpo. Intentó incorporarse, pero sintió
pinchazos de dolor en el brazo y en el hombro. Lanzó un gemido.
- No intentes
levantarte - dijo Tasso. Se inclinó, poniendo su fría mano en la frente de
Hendricks.
Era de noche.
En el cielo brillaban unas cuantas estrellas, entre las nubes de ceniza.
Hendricks estaba tendido y apretaba los dientes. Tasso le miraba impasible.
Había hecho una hoguera. El fuego ardía débilmente alrededor de un recipiente
de metal que había sobre él. Todo estaba en silencio. Inmóvil oscuridad fuera
del círculo del fuego.
- Así que él
era la segunda variedad - murmuró Hendricks.
- Lo supe desde
el principio.
- ¿Por qué no
le descubriste antes?
- Me lo
impediste tú. - Tasso se acercó al fuego para mirar el recipiente. - Café.
Estará listo dentro de un rato.
Se sentó de
nuevo a su lado. Abrió la pistola y empezó a desmontar sus mecanismos,
examinándolos atentamente.
- Una hermosa
pistola - dijo Tasso, medio hablando sola -. La técnica de construcción es
soberbia.
- ¿Y qué me
dices de ellas? De las garras.
- La explosión
de la bomba acabó con la mayoría. Son delicadas. Un mecanismo muy complejo,
supongo.
- ¿También los
David?
- Si.
- ¿Cómo tenías
una bomba como aquélla?
Tasso se
encogió de hombros.
- Nosotros la
diseñamos. No deberías subestimar nuestra tecnología, mayor. Sin aquella bomba
ni tú ni yo estaríamos vivos ahora.
- Es muy
eficaz.
Tasso estiró
las piernas, aproximando los pies al calor del fuego.
- Me extrañaba
que no te dieses cuenta después de que mató a Rudi. ¿Por qué crees que...?
- Ya te lo
dije. Creí que tenía miedo.
- ¿De veras?
Sabes, mayor, durante un tiempo sospeché de ti. Porque no me dejabas que le
matase. Creí que le protegías. - Se echó a reír.
- ¿Estamos
seguros aquí? - preguntó de pronto Hendricks.
- Por un
tiempo. Hasta que lleguen refuerzos de otras zonas. - Tasso empezó a limpiar
los mecanismos de la pistola con un trapo. Terminó y la montó otra vez.
Acarició con los dedos la culata.
- Tuvimos
suerte - murmuró Hendricks.
- Sí. Mucha
suerte.
- Gracias por
ayudarme.
Tasso no
contestó. Alzó los ojos hacia él, brillantes a la luz del fuego. Hendricks se
examinó el brazo. No podía mover los dedos. Tenía todo el costado como dormido.
Y sentía un dolor sordo y firme.
- ¿Cómo te
sientes? - preguntó Tasso.
- Tengo el
brazo herido.
- ¿Algo más?
- Heridas
internas.
- No te
agachaste lo suficiente cuando estalló la bomba.
Hendricks no
contestó. Observó a Tasso servir el café en una cazuela de metal. Se la pasó.
- Gracias. - Se
esforzó en beber. Le resultaba difícil tragar; sentía vómitos, y le devolvió el
recipiente. No puedo beber más.
Tasso bebió el resto.
Pasó un tiempo. Las nubes de ceniza cruzaban entre ellos y el oscuro cielo.
Hendricks descansaba, la mente en blanco. Al cabo de un rato se dio cuenta de
que Tasso estaba de pie a su lado, y que le miraba.
- ¿Qué pasa? -
murmuró.
- ¿Te sientes
algo mejor?
- Algo.
- ¿Sabes,
mayor, que si no te hubiese traído hasta aquí te habrían liquidado? Estarías
muerto. Como Rudi.
- Lo sé.
- ¿Quieres
saber por qué lo hice? Podría haberte dejado. Podría haberte dejado allí.
- ¿Por qué lo
hiciste?
- Porque
tenemos que largarnos de aquí. - Tasso avivó el fuego con una astilla, y
contempló fijamente las brasas -. Aquí no puede vivir ningún ser humano. Si
vienen refuerzos no podremos resistir. He pensado en todo esto mientras estabas
inconsciente. No creo que tarden más de tres horas en volver.
- ¿Y esperas
algo de mí?
- Eso es.
Espero que encuentres un medio de salir de aquí.
- ¿Por qué yo?
- Porque yo no
conozco ninguno - le miró con ojos relampagueantes, firme y segura a la media
luz -. Si no das con un medio de salir de aquí, nos matarán en tres horas. Yo
no veo ninguna salida. ¿Qué dices tú? ¿Qué vas a hacer? He estado esperando
toda la noche. Aquí sentada mientras estabas inconsciente, esperando. Va a
amanecer ya. Está acabando la noche.
Hendricks lo
pensó un momento.
- Es curioso -
dijo al fin.
- ¿Curioso?
- El que
pensases que yo encontraría un medio de salir de aquí. ¿Qué creíste que podía
hacer yo?
- ¿No puedes
hacer que nos lleven a la base lunar?
- ¿A la base
lunar? ¿Cómo?
- Debe haber
algún medio.
- No - dijo Hendricks
-. No conozco ninguno.
Tasso no dijo
nada. Por un instante su firme mirada vaciló. Bajó la cabeza, apartándola
bruscamente. Se levantó.
- ¿Más café?
- No.
- Como quieras.
- Tasso bebió en silencio. Hendricks no podía verle la cara. Estaba tendido en
el suelo, ensimismado en sus pensamientos, intentando concentrarse. Le
resultaba difícil pensar. Aún te dolía la cabeza. Y aún persistía la conmoción.
- Podría haber
un medio - dijo de pronto.
- ¿Sí?
- ¿Cuánto falta
para que amanezca?
- Dos horas. No
tardará en salir el sol.
- Teóricamente
tendría que haber una nave cerca de aquí. Yo nunca la he visto. Pero sé que
existe.
- ¿Qué clase de
nave?
- Un crucero.
- ¿Podríamos ir
en él a la base lunar?
- Teóricamente
sí. En caso de emergencia. - Se rascó la frente.
- ¿Qué te pasa?
- La cabeza. Me
resulta difícil pensar. Apenas puedo... apenas puedo concentrarme. Fue la
bomba.
- ¿Está cerca
de aquí la nave? - Tasso se colocó a su lado, sentada -. ¿A qué distancia?
¿Dónde está?
- Estoy
intentando pensar.
Ella hundió sus
dedos en el brazo de Hendricks.
- ¿Está cerca?
- su voz era como acero. - ¿Dónde crees que está? ¿Estará bajo tierra? ¿En un
refugio subterráneo?
- Sí. En un
hangar de almacenamiento.
- ¿Cómo podemos
localizarlo? ¿Hay alguna indicación? ¿Hay algún código que permita
identificarlo?
Hendricks se
concentró.
- No. No hay
ninguna indicación. Ningún código.
- ¿Qué,
entonces?
Una señal.
- ¿Qué clase de
señal?
Hendricks no
contestó. A la vacilante luz de la hoguera, se le borraba la vista, y sus ojos
eran dos órbitas ciegas. Tasso hundió con más fuerza los dedos en su brazo.
- ¿Qué clase de
señal? ¿Qué es?
- Yo... no
puedo pensar. Déjame que descanse.
- Está bien. -
Tasso le dejó y se levantó. Hendricks se quedó tendido en el suelo, con los
ojos cerrados. Tasso se apartó de él, con las manos en los bolsillos. Dio una
patada a una piedra y se quedó mirando al cielo, la oscuridad de la noche
empezaba a engrisecer. Llegaba la mañana.
Tasso apretó su
pistola y se puso a caminar alrededor de la hoguera. El mayor Hendricks seguía
en el suelo inmóvil, con los ojos cerrados. La línea gris fue alzándose en el
cielo cada vez más. Empezó a hacerse visible el paisaje, campos de ceniza en
todas direcciones. Ceniza y ruinas de edificios paredes, montones de hormigón,
el tronco desnudo de un árbol.
El aire era
frío y áspero. Lejos, un pájaro lanzó unos cuantos gorjeos sombríos.
Hendricks se
agitó. Abrió los ojos.
- ¿Amaneció?
¿Ya?
- Sí.
Hendricks se
incorporó.
- Tú querías
saber algo. Me preguntabas.
- ¿Te acuerdas
ahora?
- Sí.
- ¿Qué es?
¿qué?
- Un pozo. Un
pozo en ruinas. Debajo está el hangar de almacenamiento.
- Un pozo -
Tasso pareció tranquilizarse -. Entonces encontraremos ese pozo. - Miró su
reloj -. Nos queda más o menos una hora, mayor. ¿Crees que lo encontraremos en
una hora?
- Ayúdame a
levantarme - dijo Hendricks.
Tasso dejó su
pistola y le ayudó.
- Va a ser
dificil.
- Si, desde
luego - dijo Hendricks, apretando los dientes -. No creo que lleguemos muy
lejos.
Empezaron a
andar. El sol del alba les calentaba levemente. El terreno era desnudo y liso,
una extensión gris e inerte hasta el horizonte. Sobre ellos, muy arriba, hacían
círculos silenciosos y lentos unas cuantas aves.
- ¿Ves algo? -
dijo Hendricks -. ¿Ves alguna garra?
- No. Aún no.
Cruzaron unas
ruinas, un montículo de hormigón y ladrillos. Unos cimientos. Las ratas huían.
Tasso se volvió hacia Hendricks.
- Esto era una
ciudad - dijo Hendricks -. Un pueblo, más bien. Toda la zona llena de viñedos.
Salieron a una
calle destruida, con el pavimento lleno de fisuras y matorrales. A la derecha
brotaba una chimenea de piedra.
- Con cuidado -
advirtió él.
Apareció ante
ellos un pozo, un sótano abierto. Salían de él extremos mellados de tuberías,
dobladas y retorcidas. Cruzaron parte de una casa, pasaron ante una bañera
volcada, una silla rota, unas cuantas cucharas y restos de platos. En el centro
de la calle se había hundido el suelo. La depresión estaba llena de matorrales,
escombros y huesos.
- Es aquí -
murmuró Hendricks.
- ¿En esta
dirección?
- A la derecha.
Pasaron ante
los restos de un pesado tanque; el contador que llevaba Hendricks al cinturón
cliqueteó lúgubremente. El tanque había sido destruido por la radiación. A unos
metros del tanque había un cuerpo momificado con la boca abierta. Al otro lado
de la calle había un campo liso. Piedras y matorrales y fragmentos de cristal.
- Allí - dijo
Hendricks.
Se destacaba un
pozo de piedra, roto y desmoronado. Tenía encima unas cuantas tablas. Hendricks
caminó vacilante hacia él, con Tasso a su lado.
- ¿Estás
seguro? - dijo Tasso -. Parece un pozo normal.
- Estoy seguro.
Hendricks se
sentó al borde del pozo, apretando los dientes. Respiraba con premura. Se
enjugó el sudor de la cara.
- Estaba
previsto para que pudiese escapar el oficial de mando en caso necesario. Si caía
el bunker...
- ¿Tú eras el
oficial de mando?
- Sí.
- ¿Dónde está
la nave? ¿Está aquí?
- Estamos sobre
ella. - Hendricks extendió sus manos sobre la superficie de la piedra del pozo
-. Está programada para mí y para nadie más. Es mi nave.
Hubo un agudo clic.
Luego oyeron un sonido rechinante bajo ellos.
- Volvamos
atrás - dijo Hendricks. Se apartaron del pozo.
Una parte del
suelo retrocedió. Una estructura metálica fue brotando lentamente de la ceniza,
dispersando en su ascensión ladrillos y matorrales. La ascensión cesó al quedar
al descubierto el morro de la nave.
- Aquí está -
dijo Hendricks.
La nave era
pequeña. Descansaba tranquila, suspendida en su soporte, como una aguja roma.
Una lluvia de ceniza cayó en el interior de la cavidad oscura de la que había
surgido la nave. Hendricks se acercó. Desatornilló la escotilla y la abrió. Se
veían los tableros de control y el asiento de presión.
Tasso se acercó
y se colocó a su lado, mirando el interior de la nave.
- No estoy
habituada a pilotar cohetes - dijo al cabo de un rato.
Hendricks la
miró sorprendido.
- Seré yo quien
la pilote.
- ¿Tú? Sólo hay
un asiento, mayor. Veo que está construida para una persona sólo.
Hendricks
estudió atentamente el interior de la nave. Tasso tenía razón. Sólo había un
asiento. La nave estaba construida para llevar sólo una persona.
- Comprendo -
dijo lentamente -. Y esa persona eres tú.
Ella asintió.
- Por supuesto.
- ¿Por qué?
- Tú no puedes
ir, estás herido. Probablemente no sobrevivirías al viaje. Tal vez no llegases
nunca.
- Un comentario
muy interesante. Pero has de saber que yo sé donde está la base lunar y tú no.
Podrías estar meses volando sin encontrarla. Está muy bien escondida. Si no se
sabe lo que hay que buscar...
- Tendré que
correr mis riesgos. Quizá no la encuentre. Yo sola. Pero estoy segura de que me
darás toda la información que necesite. Tu vida depende de ello.
- ¿Cómo?
- Si encuentro
la base lunar a tiempo, quizá pueda conseguir que envíen una nave a recogerte.
Si encuentro la base a tiempo. Si no, no tendrás ninguna posibilidad. Supongo
que en la nave hay suministros. Me durarán lo suficiente...
Hendricks actuó
rápidamente. Pero le traicionó su brazo herido. Tasso le esquivó, echándose
ágilmente a un lado. Y alzó su mano, rápida como el rayo. Hendricks vio la
culata de la pistola. Intentó esquivar el golpe, pero ella era demasiado
rápida. La culata de metal le golpeó en la cabeza, sobre la oreja. Le inundó un
dolor agudo, y le cubrió de pronto una nube de oscuridad. Se derrumbó en el
suelo.
Percibía
confusamente que Tasso estaba a su lado, y que le empujaba con un pie.
- ¡Mayor!
Despierta.
Abrió los ojos,
con un gruñido.
- Escúchame. -
Se inclinó, apuntándole a la cara con la pistola -. Tengo prisa. No queda mucho
tiempo. La nave está lista, pero tienes que darme esa información. La necesito
antes de irme.
Hendricks movió
la cabeza intentando despejarla.
- ¡Aprisa!
¿Dónde está la base lunar? ¿Cómo puedo encontrarla? ¿Qué debo buscar?
Hendricks no
decía nada.
- ¡Contéstame!
- Lo siento.
- Mayor, la
nave está llena de provisiones. Tengo para semanas. Acabaré encontrando la
base. Y de aquí a media hora tú habrás muerto. Tu única posibilidad de
supervivencia... - paró de hablar.
Por la ladera,
entre las ruinas, algo se movía. Algo en la ceniza. Tasso se volvió rápidamente,
apuntando. Disparó.
La pistola
escupió un globo de fuego. Algo pareció huir entre la ceniza. Disparó otra vez.
La garra se desintegró.
- ¿Viste? -
dijo Tasso. - Un explorador. No tardarán.
- ¿Les harás
venir a rescatarme?
- Si. Lo más
pronto posible.
Hendricks alzó
los ojos hacia ella. La examinó atentamente.
- ¿Me dices la
verdad? - había en su rostro una expresión extraña, una ávida codicia -.
¿Volverás por mí? ¿Me llevarás a la basé lunar?
- Te llevaré a
la base lunar. ¡Pero dime dónde está! Queda muy poco tiempo.
- Está bien -
Hendricks cogió una piedra y se sentó. - Mira.
Hendricks
comenzó a dibujar en la ceniza. Tasso estaba de pie a su lado y observaba los
movimientos de la piedra. Hendricks trazaba un tosco mapa lunar.
- Esta es la
cordillera de los Apeninos. Aquí está el cráter de Arquímedes. La base lunar
está a unos doscientos cincuenta kilómetros del final de la cordillera. No sé
exactamente dónde. Nadie lo sabe en la Tierra. Pero cuando estés sobre los
Apeninos, lanza una bengala roja y una bengala verde, y luego dos rojas en
rápida sucesión. El monitor de la base recogerá tu señal. La base está bajo la
superficie, por supuesto. Te guiará hasta abajo con garfios magnéticos.
- ¿Y los
controles? ¿Puedo manejarlos?
- Son
prácticamente automáticos. Sólo tienes que dar la señal correcta en el momento
adecuado.
- Lo haré.
- El asiento
absorbe la mayor parte del impacto del despegue. El aire y la temperatura
tienen control automático. La nave saldrá de la Tierra y pasará a espacio
libre. Se alineará con la luna y se pondrá en órbita, a unos ciento cincuenta
kilómetros de la superficie. Esa órbita te llevará sobre la base. Cuando estés
en la región de los Apeninos, lanza las bengalas.
Tasso se
deslizó en el asiento de presión. Los cierres de los brazos se plegaron
automáticamente, rodeándola. Accionó los controles.
- Lástima que
no vengas. mayor. Todo esto estaba aquí esperándote, y ahora no puedes hacer el
viaje.
- Déjame la
pistola.
Tasso sacó la
pistola y la balanceó en el aire, pensativa.
- No te alejes
mucho de aquí. Sería dificil encontrarte si lo haces.
- No. Me
quedaré aquí, junto al pozo.
Tasso acarició
el mecanismo de despegue.
- Una hermosa
nave, mayor. Bien construida. Admiro su técnica. Su pueblo siempre ha trabajado
bien. Construyen ustedes cosas excelentes. Su trabajo, sus creaciones, alcanzan
su mayor logro.
- Dame la
pistola - dijo impaciente Hendricks, extendiendo la mano. Intentó ponerse en
pie.
- Adiós, mayor
- Tasso tiró la pistola por encima de Hendricks. La pistola repiqueteo y rodó.
Hendricks se lanzó tras ella. Se inclinó, cogiéndola.
La escotilla de
la nave se cerró. Hendricks retrocedió. Comenzaba a sellarse la puerta interna.
Alzó la pistola laboriosamente.
Hubo un
estruendo estremecedor. La nave se alzó de su soporte metálico, arrojando un
chorro de fuego. Hendricks retrocedió aún más. La nave se lanzó hacia las nubes
de ceniza, perdiéndose en el cielo.
Hendricks se
quedó observando largo rato, hasta que la estela desapareció. Nada se movía. El
aire de la mañana era crudo y silencioso. Comenzó a andar sin propósito por el
camino por el que había llegado. Mejor no quedarse quieto. Tardaría mucho en
llegar ayuda... si llegaba.
Buscó en los
bolsillos hasta que dio con un paquete de cigarrillos. Encendió uno. Todos
querían fumarse sus cigarrillos. Pero los cigarrillos andaban escasos.
La lagartija se
deslizó a su lado entre la ceniza. Se detuvo, rígido. La lagartija desapareció.
Arriba, el sol estaba alto. Algunas moscas se posaron en una roca lisa que
había junto a él. Hendricks las espantó con un pie.
Aumentaba el
calor. El sudor le chorreaba por la cara y por el cuello. Tenía la boca seca.
Se detuvo y se
sentó en unos escombros. Abrió su botiquín y tragó unas cápsulas narcóticas.
Miró a su alrededor. ¿Dónde estaba?
Había algo en
el suelo frente a él. Tendido en el suelo. Silencioso e inmóvil.
Hendricks sacó
rápidamente su pistola. Parecía un hombre. Entonces recordó. Eran los restos de
Klaus. La segunda variedad. Allí lo había desintegrado Tasso. Pudo ver ruedas y
engranajes y cables esparcidos sobre la ceniza. Brillando y relumbrando bajo la
luz del sol.
Hendricks se
levantó y se acercó. Empujó con el pie la forma inerte, dándole la vuelta. Vio
el casco de metal, las costillas de aluminio. Cayeron más engranajes. Como
vísceras. Montones de cables, engranajes y relés. Ruedas y motores.
Se inclinó. El
cráneo se había roto en la caída. Se veía el cerebro artificial. Lo examinó.
Una masa de circuitos. Tubos diminutos. Cables finos como cabellos. Movió el
resto del cráneo. Se fragmentó. Comprobó el sello.
Y palideció.
IV-V.
Contempló la
placa largo rato. Cuarta variedad. No segunda. Se habían equivocado. Había más
tipos. No eran sólo tres. Había muchos más, sin duda. Por lo menos cuatro.
Klaus no era la segunda variedad.
De pronto se puso
tenso. Algo llegaba, caminando entre la ceniza, más allá de la colina. ¿Qué
era? Figuras. Figuras que se acercaban lentamente.
Que venían
hacia él.
Hendricks se
acuclilló y levantó la pistola. Le goteaba el sudor en los ojos. Se esforzó por
dominar su creciente pánico al acercarse las figuras.
La primera era
un David. El David le vio y aumentó la velocidad. Los otros la aumentaron
también. Un segundo David. Un tercero. Tres David, todos iguales, avanzando
hacia él silenciosamente, sin expresión, moviendo rítmicamente sus flacas
piernas. Abrazando sus osos de felpa.
Apuntó y
disparó. Los dos primeros David se disolvieron en partículas. El tercero
continuo. Y la figura que había detrás. Ascendiendo silenciosamente hacia él
por la ladera de gris ceniza. Un soldado herido, sobresaliendo por encima del
David. Y...
Detrás del
soldado herido iban dos Tasso, caminando hombro con hombro. Grueso cinturón,
pantalones y camisas del ejército ruso, pelo largo. La misma imagen de la mujer
que había tenido frente a sí unos minutos antes. Sentada en el asiento de
presión de la nave, dos imágenes silenciosas, idénticas.
Estaban muy
cerca. El David se inclinó bruscamente, soltando su oso de felpa. El oso corrió
hacia él. Automáticamente, los dedos de Hendricks apretaron el gatillo. El oso
desapareció, disuelto en niebla. Las dos Tasso continuaron avanzando,
impertérritas, hombro con hombro, a través de la ceniza gris.
Cuando estaban
casi junto a él, Hendricks alzó la pistola al nivel de la cintura y disparó.
Las dos Tasso
se disolvieron. Pero ya empezaba a subir la ladera un nuevo grupo, cinco o seis
Tasso, todas idénticas, una hilera de ellas avanzando rápidamente hacia él.
Y él le había
dado la nave y le había revelado la señal. Por su culpa llegaría hasta la base
lunar. El lo había hecho posible.
Tenía razón en
el comentario que había hecho sobre la bomba. Había sido diseñada de modo que
conociese a los otros tipos, el tipo David y el tipo soldado herido. Y el tipo
Klaus. No diseñada por seres humanos. Sino por una de las fábricas subterráneas
sin ningún contacto con los hombres.
La hilera de
Tasso subía hacia él. Hendricks se cruzó de brazos observándolas
tranquilamente. El rostro familiar, el cinturón, la gruesa camisa, la bomba
cuidadosamente colocada.
La bomba...
Cuando las
Tasso le cogieron, cruzó por su mente un último pensamiento irónico. Le alivió
un poco. La bomba. Hecha por la segunda variedad para destruir a las otras.
Sólo con ese fin.
Estaban
empezando ya a diseñar armas para combatir entre sí...
FIN
Edición electrónica
de Sadrac
Buenos Aires, Abril de 2001